En la puna jujeña crearon un modelo económico propio sin descuidar los valores aborígenes. Mujeres perseverantes, las Warmi recibieron una llamada de Harvard: los académicos quieren saber cómo lo hicieron.
El cartel ha quedado viejo, prehistórico, como esos cerros de vientres repletos de minerales que abrazan el horizonte circular tan puneño. La Warmi es una organización de mujeres collas que nacieron como tejedoras. Hoy dispone de un pool de empresas: cyber, estación de servicio, restaurante, chinchillero, curtiembre, barraca y un sistema bancario excepcional.
En esta meseta árida donde el polvo tapa la nariz y reseca los labios, se esculpió uno de los escenarios más olvidados de la patria. El viento de la crisis le pegó antes, con fuerza. Y aquicito, en Abra Pampa, “las Warmis” están entre los actores más ágiles y fértiles. Mírenlas: con una mano acomodan el sombrero negro y con la otra sostienen el celular plateado; tejen empresas, batallan como si la tierra y el medio ambiente fueran la extensión de su piel. No es un cuento de hadas: es una historia de supervivencia extrema hilada entre olvidos y atropellos; entre trabajo, identidad y poder.
Hoy, esta organización cuenta con 3600 socias y socios en 79 comunidades aborígenes. Poder social, económico y financiero. Poder a la manera de los habitantes ancestrales es un concepto tan alto que se ejerce desde muy abajo. Y en manos de unas mujeres a las que unos agradecen y otros critican, unos temen y otros consultan. La Universidad de Harvard invitó a la líder de esta ONG, Rosario Quispe, a contar esta experiencia en la Conferencia Internacional Bridge Builders 2007. Fue elegida entre líderes sociales del mundo para transmitir su saber a estudiantes y académicos. Por estos días está allí, en los Estados Unidos, entre expertos de todos el mundo.
Made in la puna
Al llegar a la estación de servicio de Abra Pampa y cargar combustible la W enorme, pintada como logo en los surtidores, desconcierta.
“Señorita, ¿qué combustible es esta marca W? ¿Es muy malo?”, pregunta un don.
Alberta Llampa es una de las playeras y hace cuatro años, desde que la Warmi compró la estación, que explica lo mismo. Es un combustible normal y la W es por la Warmi Sayajsunjo, la organización dueña. El nombre significa mujeres perseverantes. Alberta tiene el rostro del color de la chicha, ojos grandes como lagunas, chaleco polar naranja, gorro con visera, aros hippies, el pelo oscuro en una cola de caballo. 36 años, séptimo grado y siete hijos, todos en la escuela.
"La mayor quiere ser médica”, cuenta mientras carga los tanques como si toda la vida hubiera hecho eso. Pero no. Tuvo días de hijos en el comedor municipal y noches rogando: “Ojalá algún día pudiera hacerles la comida, no tener que depender”. Cuando se acercó a la Warmi se puso a tejer. A aprender cómo obtener la fibra y qué pulóveres vender. “Después Ña Yosario me ofreció si quería ´tar como playera”. Se ríe: “¿Cómo no voy a poder mantener a mis hijos y hacerles de comer?”
En la estación de servicio hay un pequeño restaurante donde Dominga Benicio y Norma Aguilar dan de comer a turistas y camioneros. Té de coca, empanaditas de queso, poio, carne, fideos amasados, lomitos completos. Dominga se estrena como cocinera y trabajadora puertas afuera en el restaurante Warmi. Tiene 45 años y es tan tímida que se tapa la cara con las manos.
Parió a sus seis hijos en las minas donde trabajó su esposo. Cuando fueron cerrando, “ia le conocí a ña Rosario y me invitó a participar. Hacimos yeuniones. El finao de mi esposo me mezquinaba y no quería que yo fuera líder. Así que más antes no pude, pero haci 3 años que falleció”.
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Articulo publicado en La Nacion
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