8 mar 2007

El poder femenino

En la puna jujeña crearon un modelo económico propio sin descuidar los valores aborígenes. Mujeres perseverantes, las Warmi recibieron una llamada de Harvard: los académicos quieren saber cómo lo hicieron.

ABRA PAMPA, Jujuy. Para llegar a estas mujeres hay que elevarse y parpadear bajo el sol más hiriente del mundo. La recompensa: acariciar el cielo con la yema de los dedos. El sol pega más fuerte en la puna que en cualquier rincón del planeta. Lo dice la ciencia y lo confirma el que vaya más allá de la Quebrada de Humahuaca, ascienda por la ruta 9 los 3600 metros sobre el nivel del mar y se detenga 70 kilómetros antes de la frontera con Bolivia. “Visite Abra Pampa, capital de la puna”, sugiere el cartel verde con letras blancas apoyado a un costado de la ruta. A unos metros, otro letrero avisa al viajero que por aquí andan ellas: Artesanías Warmi, dice alto y con orgullo.

El cartel ha quedado viejo, prehistórico, como esos cerros de vientres repletos de minerales que abrazan el horizonte circular tan puneño. La Warmi es una organización de mujeres collas que nacieron como tejedoras. Hoy dispone de un pool de empresas: cyber, estación de servicio, restaurante, chinchillero, curtiembre, barraca y un sistema bancario excepcional.

En esta meseta árida donde el polvo tapa la nariz y reseca los labios, se esculpió uno de los escenarios más olvidados de la patria. El viento de la crisis le pegó antes, con fuerza. Y aquicito, en Abra Pampa, “las Warmis” están entre los actores más ágiles y fértiles. Mírenlas: con una mano acomodan el sombrero negro y con la otra sostienen el celular plateado; tejen empresas, batallan como si la tierra y el medio ambiente fueran la extensión de su piel. No es un cuento de hadas: es una historia de supervivencia extrema hilada entre olvidos y atropellos; entre trabajo, identidad y poder.

Hoy, esta organización cuenta con 3600 socias y socios en 79 comunidades aborígenes. Poder social, económico y financiero. Poder a la manera de los habitantes ancestrales es un concepto tan alto que se ejerce desde muy abajo. Y en manos de unas mujeres a las que unos agradecen y otros critican, unos temen y otros consultan. La Universidad de Harvard invitó a la líder de esta ONG, Rosario Quispe, a contar esta experiencia en la Conferencia Internacional Bridge Builders 2007. Fue elegida entre líderes sociales del mundo para transmitir su saber a estudiantes y académicos. Por estos días está allí, en los Estados Unidos, entre expertos de todos el mundo.

Made in la puna

Al llegar a la estación de servicio de Abra Pampa y cargar combustible la W enorme, pintada como logo en los surtidores, desconcierta.

“Señorita, ¿qué combustible es esta marca W? ¿Es muy malo?”, pregunta un don.

Alberta Llampa es una de las playeras y hace cuatro años, desde que la Warmi compró la estación, que explica lo mismo. Es un combustible normal y la W es por la Warmi Sayajsunjo, la organización dueña. El nombre significa mujeres perseverantes. Alberta tiene el rostro del color de la chicha, ojos grandes como lagunas, chaleco polar naranja, gorro con visera, aros hippies, el pelo oscuro en una cola de caballo. 36 años, séptimo grado y siete hijos, todos en la escuela.

"La mayor quiere ser médica”, cuenta mientras carga los tanques como si toda la vida hubiera hecho eso. Pero no. Tuvo días de hijos en el comedor municipal y noches rogando: “Ojalá algún día pudiera hacerles la comida, no tener que depender”. Cuando se acercó a la Warmi se puso a tejer. A aprender cómo obtener la fibra y qué pulóveres vender. “Después Ña Yosario me ofreció si quería ´tar como playera”. Se ríe: “¿Cómo no voy a poder mantener a mis hijos y hacerles de comer?”

En la estación de servicio hay un pequeño restaurante donde Dominga Benicio y Norma Aguilar dan de comer a turistas y camioneros. Té de coca, empanaditas de queso, poio, carne, fideos amasados, lomitos completos. Dominga se estrena como cocinera y trabajadora puertas afuera en el restaurante Warmi. Tiene 45 años y es tan tímida que se tapa la cara con las manos.

Parió a sus seis hijos en las minas donde trabajó su esposo. Cuando fueron cerrando, “ia le conocí a ña Rosario y me invitó a participar. Hacimos yeuniones. El finao de mi esposo me mezquinaba y no quería que yo fuera líder. Así que más antes no pude, pero haci 3 años que falleció”.



NOTA COMPLETA

Articulo publicado en La Nacion

No hay comentarios.:

Para que todos ganemos, nadie tiene que perder

Unite a esta Utopia

pone tu email:

Delivered by FeedBurner

Recibi diariamente las noticias de UTOPIA

Cambiar esta en nosotros

Sin omnipotencias, ni humillaciones, es preciso lavarse los ojos: para que la realidad cambie, hay que empezar por verla.

Eduardo Galeano